Neptalí Carpio

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El silencio de las iglesias

El silencio de las iglesias
Neptalí Carpio
20 de octubre del 2017

Ante los feminicidios y la violencia de género

 

La causa de las mujeres y de las víctimas del feminicidio podría tener en el pronunciamiento, la movilización y el sermón en el púlpito de las dirigencias de la Iglesia católica y evangélica, un firme respaldo. Pero resulta desconcertante su silencio en momentos en que hemos sido testigos de brutales actos de violencia y diatriba contra mujeres en estos días. Ni el cardenal, ni la Conferencia Episcopal y menos el Concilio Nacional Evangélico del Perú han tenido pronunciamiento alguno.

Hemos sido sorprendidos por el propio pronunciamiento de la presidenta de la Comisión de la Mujer, Maritza García (felizmente obligada a renunciar), que son las mujeres las causantes de la violenta reacción masculina, pero los líderes de las iglesias no dicen nada. La consultora británica Demos ha emitido un informe que demuestra que cada diez segundos las lideresas políticas en todos los países reciben mensajes donde se les dice “putas” o “zorras”. Pero la jerarquía eclesiástica parece inmutarse, como si el tema de la violencia contra la mujer fuera periférico, lejano a su agenda cotidiana.

Según un reciente estudio de la Organización Mundial de la Salud, en naciones con alta incidencia de casos, el Perú ocupa el tercer lugar en el mundo entre los países con mayor prevalencia de mujeres, entre 15 y 49 años, que sufren de violencia sexual por parte de su pareja. Y como si fuera poco el Perú ocupa el segundo lugar en los países en Latinoamérica, con mayor cantidad de feminicidios. Así lo ha revelado el último informe del Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe (OIG), perteneciente a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Pero esos datos no parecen conmover a los líderes del catolicismo y menos a los evangélicos.

Ambas jerarquías siguen tras el fantasma de la “ideología de género”. Creen que en realidad el verdadero peligro es una masiva transformación de niños en homosexuales en los colegios, si no se retiran algunos textos de la formación curricular. Como si hubiéramos pasado por el túnel del tiempo hasta los siglos VI y VII, cuando las iglesias conservadoras creían que las mujeres que recurrían a remedios caseros, medicina natural o curandería deberían tildarse de brujas y llevarlas a la hoguera. Ahora se han inventado otro apocalipsis. ¡Nada más fuera de la realidad, mientras miles de mujeres y niños sufren por la violencia!

Uno de los aportes históricos de la iglesia es la defensa de la familia. Pero los pastores o jerarcas no se percatan de que es la violencia cotidiana, herencia de una cultura machista, el verdadero factor que desestabiliza cotidianamente los hogares. Es la causa de miles de divorcios, formación de niños sin afecto y criados en escenarios de permanente violencia, que explican en gran medida la delincuencia juvenil. ¿Qué hubiera preferido la jerarquía del clero, una adolescente bien informada que prevenga un embarazo prematuro o un embarazo producto de una violación, para luego observar el escandaloso hecho de esa adolescente tirando en el baño a su hijo, con placenta y todo, en un Hospital de la Solidaridad, para luego huir sin saber qué hacer con un hijo no deseado? Es obvio que lo segundo.

Algunos formulan la hipótesis de que este comportamiento de las iglesias radica en la propia Biblia, últimamente de lectura masiva en el Perú, en especial en los sectores de menores recursos. Y todo aquel que haya leído sus textos en versículos, salmos y proverbios se habrá percatado de que —por decir lo menos— la Biblia tiene una opinión controversial frente a la mujer. En algunos pasajes el texto bíblico llama a una subordinación absoluta de la mujer hacia el hombre; en otros culpan a la mujer de los pecados cometidos por el varón. En otros textos, La Biblia llama a una protección patriarcal de la mujer. Por ejemplo, un texto que me llamó poderosamente la atención fue el siguiente: “A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti” (Génesis 3:16). El texto habla por sí solo.

 

Desde niño, cuando mis padres me llevaban a la Iglesia, siempre me llamó la atención que en la misa la mujer religiosa esté ausente. Y en las ceremonias oficiales, en las que aparecían hasta cinco sacerdotes, tampoco aparecía la mujer, salvo para recoger la limosna o limpiar los vasos de vino. En eso radica el problema, en que en las iglesias cotidianamente la mujer militante del clero esté siempre subordinada. El sacerdote es el centro de gravedad y las monjas son reducidas a labores periféricas, sin ninguna capacidad de decisión.

He ahí la raíz del problema. El rol del sacerdote y de la propia imagen masculina de Dios es la expresión más clara de una cultura androcéntrica. Es decir, el hombre es el centro de gravedad, la mujer es un actor secundario. Quizá por ello no den tanta importancia a las múltiples agresiones a la mujer, en estos días.

Neptalí Carpio

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20 de octubre del 2017

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