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El que tenga ojos para leer, que lea

Columna

El que tenga ojos para leer, que lea

13 de Marzo del 2017

Contra los agnósticos, los paganos y la falsa modernidad

 

El cristianismo es el evangelio del amor. Y el amor ni se pregona ni se presume. Se practica. No hay mejor enseñanza que el testimonio personal diario, el ejemplo que por sí mismo dice tanto y sin necesidad de las palabras. La mejor docencia es la acción sin palabrería vana e inútil. “Si tuviese toda la fe y no tengo amor, nada soy” (Corintios 13:2). A Jesús de Nazaret le preguntaron cuál es el primer mandamiento y Jesús respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:30-31).

El amor es entonces ordenanza obligada para quienes profesan la fe. Y el amor se enaltece amando al enemigo, al que hace daño, al adversario que se esfuerza atacando. No hay mérito si se ama a quien nos ama y a quien tiene complacencia con nosotros. Además, “el amor es paciente y bondadoso, no se comporta con rudeza, ni se enoja, ni guarda rencor. El amor se regocija con la verdad, todo lo disculpa y todo lo soporta” (I de Corintios 13:4-7).

El buen cristiano es buena compañía, es la sazón, es el ingrediente principal. “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mateo 5:13). Es iluminación donde hay oscuridad e ignorancia. “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14). El buen creyente no imita a fariseos ni sepulcros blanqueados, no pretende apropiarse del destino de las personas manipulando la fe, aprovechándose de la condición sumisa de la congregación. No promueve enfrentamientos ni discordias, ni se toma la prerrogativa de decidir lo que no le corresponde. Al hacerlo se equivoca y miente, y la mentira es pecado.

El buen cristiano es un instrumento de Dios que lleva el evangelio de salvación a todos, sin excepciones. Como instrumento divino no decide quién es justo y quién no, porque “no hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). No decide quién será salvo y quién no. Eso solamente lo sabe Dios, porque mientras “el hombre mira lo que está delante de sus ojos, Dios mira el corazón” (I Samuel 16:7). Él conoce la intimidad de cada persona por ser su creación, por haberla “escogido antes de la creación del mundo” (Efesios 1:4), “por conocerla antes que se formase en el vientre” (Jeremías 1:5), “porque formó sus entrañas en el vientre de su madre” (Salmos 139: 13). ¿Qué se creen esos hombres que quieren ir contra la voluntad de Dios?

Contra los agnósticos, paganos y ateos, contra quienes planean destruir al hombre sometidos libremente a su fe, contra la falsa modernidad y engañadores que todo lo corroen, la respuesta es más amor, más oración, más verdad y más veces poner la otra mejilla. Porque allí está la obra para la gloria de Dios y no del hombre, porque allí donde hay iniquidades, enfermos y “donde abunda el pecado sobreabunda la gracia” (Romanos 5:20).

Dios es el mismo ayer, ahora y siempre porque es el principio y el fin. Y eso es fe. Las iglesias no pueden ajustarse a los caprichos y antojos del hombre que reclama iglesias a la medida de sus necesidades. Tampoco pueden cerrarse a la riqueza de la diversidad y a los impulsos creativos del hombre y de la ciencia. ¿Acaso en oración no se le pide a Dios que haga su voluntad, que haga lo que crea conveniente con nuestras vidas y nuestras circunstancias?

 

Manuel Gago