Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

El otro indignado

La corrupción en el Perú no es una noticia, es una vileza

El otro indignado
Raúl Mendoza Cánepa
16 de julio del 2018

 

En el tráfago de la búsqueda de noticias hay cruces extraños. Descubro una noticia de abril: “Actualmente existen 420,900 personas que buscan un empleo activamente en la capital” (diario El Comercio). En la travesía de disciplinado lector de medios, doy con datos de pobreza y desempleo que se cruzan con notas actuales sobre corrupción.

Mientras atravieso un jirón de Lima, tanteando las portadas ya sin necesidad de saber más, un hombre me detiene. Luce entreverado de ropas, arquea las cejas en un rictus de desesperación, y me ofrece en venta un bolígrafo; persiste, me sigue, me convence. No fue la insistencia sino la compasión por él y la indignación por el contexto (ambos en el remolino en mi sangre hirviente) lo que me llama a comprarle más de lo que me ofrece ¿Cómo no atender a esos necesitados, que nunca fueron ciudadanos, con el espectáculo detrás de funcionarios venales? Sí, porque en el Perú no hay ciudadanos sino cada cinco años… y solo por cumplir. Mientras no exista noción de lo público, no habrá ciudadanos. La corrupción es uno de los factores que explican por qué en el Perú solo hay contribuyentes. La cosa pública no es tan pública, es patrimonio de quien la toma.

El hombre que corre tras de mí con un bolígrafo en la mano inventa un cuento, advierte que me conoce, que me ha visto en correrías como asesor del Congreso (que nunca fui), que él fue seguridad del Palacio Legislativo (que nunca fue). Sé que me miente, que me toma por tonto; me da motivos para crisparme, me recuerda la escasa tolerancia que tengo a que me tomen el pelo, me lleva a apurar el paso; pero desacelero, comprendo, me sobrepongo. Y él se arrepiente, se sincera. Sobrevivir en el Perú con fórceps no es lo mismo que hacerse de un puesto para comprarse (contra la ley) casas, apartamentos, yates y joyas millonarias. No es difícil conjugar ambos temas, porque es doblemente corrupto quien toma el pan del pobre que cualquier símil de un turbado Jean Valjean robando una hogaza de pan para saciar el hambre de los suyos. No es mi intención premiar al hombre de la calle, es el esfuerzo de ser uno con él.

La compasión oye las razones de quien se entraña con la miseria, de quien comprende sin justificar. Reprendo con dureza, pero compro el bolígrafo y empatizo. Él empatiza, se vuelve a disculpar. La prisión, el sufrimiento, el miedo y el hambre te consolidan o te envilecen. Lo supo el ex convicto Jean Valjean cuando robó los candelabros. “No te envilezcas, no seas uno de ellos”, musito sin imaginación. Asiente.

Admite que “vender a toda costa” es su vida (o es de vida o muerte, que es lo mismo; la suya y la de los suyos). Admite también que llevar alimento, medicina y escuela a sus hijos es imperativo y de hoy. Obvio, el hambre no posterga. No tiene seguro ni panadería ni farmacia gratis. No disculpo la engañifa, pero nada es más sólido que la misericordia; y nada punza más que un hombre devorando su dignidad. Porque el desempleo no es solo la urgencia material de cargar con el peso de una familia; es también el descenso de la estima, la caída espiritual de bruces, el descubrimiento de la indiferencia, la decepción frente al indolente, el anticipo del infierno en que pueden tornarse los demás y hasta uno mismo.

Me comenta que debe alquileres, mensualidades, facturas. Hemos tocado el terreno de la autenticidad. Me cuenta de sí, de sus caminatas hacia ninguna parte, de su desesperanza, de esa indignación que lo corroe frente a aquellos titulares que lo ponen en alerta sobre la descomposición moral del Perú.

Si quien lo tiene todo se indigna, ¿cómo no aquel que no tiene nada? El desempleo induce a cuestionarlo todo, convierte la pasividad en sensibilidad y la sensibilidad en rechazo a la autoridad que se birla (para la banca en Suiza) lo que es para nutrir, educar, sanar y promover el trabajo.

La corrupción en Japón o Francia es una noticia, en el Perú es una vileza.

 

Raúl Mendoza Cánepa
16 de julio del 2018

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