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El odio al volante

Columna

El odio al volante

18 de Mayo del 2017

Historia de un taxi (con tintes políticos)

¿Quién no ha viajado en taxi? Una reciente encuesta de Ipsos Perú para el diario El Comercio, que revela que un 68% de pasajeros en Lima usa este servicio, me recordó a un taxista que me cobró una carrera por el hecho de ser aprista. Todo empezó a la noche en que mi esposa y yo fuimos a un bar en el Centro de Lima para tomarnos unos piscos. Como la hora avanzaba decidí pedir un taxi, de esos que eliges con un aplicativo, que lamentablemente estaba fallando. Así que mi esposa decidió pedir uno desde su celular, usando un aplicativo que acababa de descargar.

Jamás había oído hablar de esa empresa, pero parece que tiene un tiempo operando en la ciudad. Como sea, luego de unos minutos, el chofer apareció en la Plaza Mayor. Al subir al auto, le confesé al chofer que era la primera vez que viajaba en un auto de su empresa, y para nuestra sorpresa, el hombre al volante nos dijo que por ser la primera vez que usábamos el aplicativo, el primer viaje era completamente gratis. Miré a mi esposa sorprendido. “Disfrute el viaje”, nos dijo y arrancó.

Mi esposa y yo conversábamos sobre algunos temas de actualidad. Cosas que aparecen en los diarios. Cosas de la casa, cosas de la vida, cuando a la mitad del camino, el chofer —que desde hacía rato venía mirándome por el espejo retrovisor— me preguntó: “¿Usted es aprista, no?” Desde que escribo en algunos medios y luego de la campaña electoral, se presentan algunas ocasiones similares, como aquella vez en que un hombre sentado a mi lado en un bus me preguntó ¿Usted ha escrito un libro, no? ¿Cómo va la lectura? ¿Hay apoyo?

Le respondí al chofer que sí, en efecto, era aprista. El tipo me quedó mirando por el espejo, y empezó a fusilarme con su metralleta de odios e inquinas que llevaba dentro del alma contra el Apra. Ya se imaginarán: que todos los apristas éramos tal o cual cosa, porque fulano y mengano, porque yo sé, porque yo he visto… Mi esposa me dijo al oído: “Creo que te ha reconocido”.

El hombre decía que era un militar en retiro, y que ahora se dedicaba al taxi. Su ametralladora verbal no se detuvo en toda la ruta. Intenté responderle pero era en vano, ni siquiera permitía contestarle. Te callaba alzando más la voz. Cuando llegamos a casa y el auto se detuvo, el chofer volteó y nos dijo antes de bajar: “Un momento, son tantos soles”. El hombre me mira fijamente a los ojos. Mi esposa, confundida, le dice: “¿No había dicho que el primer viaje era gratis?”. “No, son tantos soles”.

Como entendía de qué se trataba, saqué un billete de mi billetera y le pagué. De alguna manera, pensé, ese hombre debía sentir que estaba vengándose de todos los apristas conmigo. Era su momento cumbre. Me imagino que esa noche, cuando estuviera en su casa, al lado de su esposa, metido en su cama, antes de cerrar los ojos, le diría con orgullo y éxtasis: ¡Hoy le cobré a un aprista! Vanagloriándose de su estafa. En fin, sonreí y le pagué. Volví a sonreír, sonreímos juntos y el auto se marchó. Yo no tengo tiempo para odios.

Arturo Valverde