Rocío Valverde

Rocío Valverde

El gato que se comió una tanga

Las dificultades de aprender idiomas en la adultez

El gato que se comió una tanga
Rocío Valverde
19 de marzo del 2018

 

Cuando llegó el 2018 yo fui una de las muchas personas que escribieron, al menos mentalmente, las resoluciones para este nuevo año. Con confianza y optimismo me dije que al menos iba a intentar volver a echarle un ojo a ese libro de reglas de conducir que está llenándose de polvo desde el 2014, y que además obtendría el nivel básico de alemán.

El libro de reglas conducir tiene dos centímetros más de polvo y creo que voy a tirar la toalla, pero el tema del alemán sí que ha despegado. Aprender un idioma cuando ya eres un adulto es un tanto tedioso y complicado. Hace falta paciencia y constancia para que nuestros cerebros hagan las conexiones inmediatas que el cerebro de un niño de tres años puede hacer sin mayor esfuerzo.

Cuando era estudiante de biología me recurseaba dando clases particulares de inglés a niños pequeños. Recuerdo con especial cariño a una niña de cuatro años. Su madre había contratado a nannys inglesas todos los años para que le hablaran inglés a la pequeña; pero ese verano no había podido encontrar a un nativo, así que me contrató a mí para que juegue con ella dos horas al día. Teniendo el corazón y a veces la edad mental de seis años acepté encantadísima. Ganar dinero sin tener que preparar una clase me parecía el negocio ideal.

La primera tarde que me senté en su mesita rodeada de sus barbies noté que esta niña tenía una obsesión un poco insana con la película Frozen, así que le dije que podíamos aprender la canción “Let it go”. Mi quijada casi se desencajó cuando al sonar las primeras notas la peque se transformó en Elsa de Arendelle. Cantaba el coro sin temor al ridículo, pronunciando incorrectamente algunas palabras con su fuerte acento español, pero allí estaba ella feliz cantando “Let it go”. La cosa cambiaba cuando me tocaba enseñarles a niños de diez años. A ellos ya les costaba más hablar, las risitas de los compañeros de clase los echaban para atrás.

Aún puedo recordar mi primer faux pas con el inglés. En la puerta de una discoteca de Madrid había un chico británico entre medio dormido y medio borracho que preguntó si tenía un fag. Yo únicamente sabía que fag es un término peyorativo para referirse a los homosexuales. Era la semana del orgullo en Madrid, estaba en el barrio de Chueca, así que más o menos tenía sentido que me preguntaba si tenía un “maricón”. ¿Quería quizás que le presentara a algún amigo? Me fui en carrerilla y muy molesta le intenté explicar que no había traído amigos gay a la fiesta, pero que no me parecía que usar el término fag era adecuado para este milenio. El guiri me paró en seco y me explicó que me estaba pidiendo un cigarrillo. Me quedé con el dedo acusador levantado, la boca abierta y con una gran vergüenza.

Esa es la diferencia. Llegada cierta edad descubrimos el sentido del ridículo. Luego de aquella metida de pata, y a portas de irme a estudiar una maestría a Inglaterra, comencé a pensar en todas las palabras que probablemente desconocía y todas las futuras metidas de patas que se me esperaban. Durante la maestría fui consciente de que mi pronunciación no era tan perfecta. Resulta pues que pronuncio fuertemente las palabras que empiezan con la letra “s” y tengo problemas con las palabras que comienzan con “th” lo cual es un problema que te puede sacar los colores. La palabra “lengua” (tongue) y “tanga” (thong) suenan muy parecidas, y créanme que no quieren decir frente a una clase llena de doctores que el gato te ha comido la tanga.

Esa es otra dificultad añadida cuando se intenta aprender idiomas siendo ya adultos. Nos cuesta más percibir las sutiles diferencias de los sonidos. Para mí las “r” del alemán y del francés suenan nasales, casi como si se te hubiera atorado algo en la garganta y no pudieras hablar. No quisiera pedir la cuenta en un restaurante de Berlín diciendo die Rechnung bitte y que en tres segundos alguien me de golpes en la espalda para que escupa la pepa, pero es un riesgo que estoy dispuesta de correr. Este año que la vergüenza no detenga nuestro progreso.

 

Rocío Valverde
19 de marzo del 2018

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