Darío Enríquez

Darío Enríquez

El efecto blockbuster y Los medios de comunicación

Revolución de la información pasa factura a los que no se adaptaron

El efecto blockbuster y Los medios de comunicación
Darío Enríquez
15 de noviembre del 2017

En su momento, la cadena transnacional Blockbuster logró ocupar un lugar de privilegio en el conjunto de las empresas de élite en el nuevo mundo globalizado. Siguiendo el trajinado y reincidente camino que toman las empresas rumbo al colapso por obsolescencia, pensando que sus problemas ya están resueltos y que su liderazgo es indiscutible e indisputable, los dirigentes de Blockbuster no reaccionaron a tiempo y muy rápidamente tanto Netflix como Redbox y otras empresas la desplazaron. No es fácil, especialmente entre los líderes de una industria, percatarse o actuar en consecuencia a la identificación de cuál es realmente el producto o servicio que venden. Un elemento central en el modelo de negocio que crea, entrega y captura valor. Pasó con el tren respecto del automóvil, con el telegrama respecto del fax y luego con este respecto del correo electrónico, entre muchos otros casos. Blockbuster actuó probablemente bajo la premisa de que ellos alquilaban cintas de video para esparcimiento, cuando en verdad lo que los clientes adquirían era esparcimiento en video, siendo la cinta de video solo uno de los tantos empaques (hoy ya caduco).

Las grandes empresas con enormes costos fijos son los “dinosaurios’ al borde de una extinción provocada por el “meteorito” que destruye el viejo mundo de la industrialización de segunda ola, y deja su lugar al nuevo mundo de la tercera ola, según la metáfora del genial Alvin Toffler. Los clientes consumen información, y cada vez en intervalos de tiempo más cortos, casi instantáneamente desde cualquier parte del planeta. El medio físico debe ser compatible con estas exigencias de ubicuidad y velocidad casi lumínica.

En el Perú se ha conocido que el líder de la prensa escrita, El Comercio, que controla más del 80% del flujo informativo convencional, ha sufrido pérdidas que lo colocan al borde del colapso. Como esto tiene mucho que ver con el denominado “efecto Blockbuster”, la suerte del poderoso conglomerado estaría echada. El apoyo sostenido de la publicidad estatal no basta. Aunque en su momento reaccionó correctamente incursionando en las nuevas tecnologías y manteniendo la más completa web periodística del medio, no rentabilizó lo suficiente su web y tampoco se deshizo del enorme peso que significa el costo fijo de una paquidérmica capacidad instalada, pese a que la haya modernizado. Incluso me atrevería a afirmar que gran parte de su crecimiento fue en verdad un atrofiado gigantismo insostenible. La industria editorial, actividad desarrollada al amparo de tratos bastante cercanos y poco conocidos con el poder de turno, no es suficiente para sostenerse. Su relativo éxito en el mundo de la televisión también acusa dependencia de los fondos que el Gobierno destina a la publicidad estatal en medios. Menudo problema.

La vulnerabilidad por adicción a la publicidad estatal ha influenciado sin duda su línea editorial, y entonces el abismo luce ineludible, pues su credibilidad —en general la del periodismo en sus diversos formatos y medios— ha alcanzado mínimos históricos. Las grandes tiendas de almacenes están sucumbiendo al empuje de Amazon, Alibaba y otros. Las grandes empresas de la industria de la información se muestran incapaces de usar las redes sociales y el ciberespacio a su favor. La industria del entretenimiento sepulta hoy lo que ayer fue exitoso y condenará mañana lo que hoy luce brillante. La flexibilidad empresarial, que llega al extremo de estar preparada para reinventarse lo más pronto posible frente a una realidad más que voluble, termina siendo la virtud fundamental. Tenemos que decirlo: solo el modelo de libre mercado permite esta adaptación continua, aunque nada lo asegura.

En política, cada vez es más difícil “ganar tiempo”. La exposición mediática de los líderes políticos en la infósfera es letal, muy pocos salen airosos. Así como decían antes que no importa si hablaban mal o bien, lo que valía era que hablen, ahora los políticos se enfrentan a la regla práctica y cínica de que, ante un ataque, no importa tanto lo que se diga, lo importante es responder rápido y que “parezca” contundente. Suceden tantas cosas a nuestro alrededor que “todo pasa y casi nada queda”. La velocidad está por encima de la prolijidad y el efectismo por encima de la verdad. Nos guste o no.

Darío Enríquez
15 de noviembre del 2017

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