Eduardo Zapata

Eduardo Zapata

El concepto de autosubversión gubernamental

Usurpación de la sociedad civil y falsas representaciones

El concepto de autosubversión gubernamental
Eduardo Zapata
16 de noviembre del 2017

Cuando las Fuerzas Armadas comprendieron —particularmente por obra de la inteligencia naval— que la lucha contra la subversión político/militar era asunto no solo de personas, sino fundamentalmente de mentes; y que los hechos subversivos debían ser entendidos como una escritura destinada a posicionar ideas fuerza en esas mentes, la guerra militar se hizo policial y política, y la acción de inteligencia se antepuso a la indiscriminada reacción armada. Nos han pretendido vender que esto empezó en 1990 o aun en 1992. La verdad es que este cambio en la percepción y en la acción, que volcó la historia, comenzó mucho antes.

Acaso las versiones difundidas desaprensivamente por nuestros comunicadores mediáticos oficiales, en las que los “bandidos” de la inteligencia de ayer y los “jóvenes” justicieros de hoy vencían a los anteriores, nos han desatendido del concepto mismo de subversión, que no se agota en la dimensión político/militar.

Pero como ni la mejor película reemplaza a la realidad, allí está la subversión. Allí está Sendero Luminoso o cualquier movimiento político/militar en germen de expansión, operando de seguro con financiamiento del intocado narcotráfico. Pero están también otros movimientos transitando por los vacíos dejados por el poder. Aun aquellos con formato legal. Explotando la imposibilidad de orden, alimentados por una informalidad que entrecruza casi todos nuestros mundos. Y, sobre todo, está allí la autosubversión gubernamental, matriz de otras subversiones.

La definición de subversión, aquella consignada formalmente en la bibliografía especializada, alude a toda acción que impide o limita el ejercicio de la autoridad legítimamente establecida. Así las cosas, la subversión compromete también, y con prioridad, la esencia misma del poder oficial y su proyección sígnica sobre los ciudadanos.

En un país con una gran diversidad cultural preglobalizada y posglobalizada, hemos pretendido instaurar un Estado surgido de la homogeneidad. Existiendo individuos adscritos a la oralidad y ahora a la electronalidad, perpetuamos un Estado basado excluyente y totalitariamente en una inoperante cultura seudo escribalizada. Códigos napoleónicos orquestados por ejecutores casi analfabetos.

De modo que las limitaciones primeras, parciales o totales, del ejercicio de la autoridad se encuentran en el seno del propio Estado y en la gestión gubernamental. Se siguen trazando realidades que solo existen en el papel, dialogadas muchas veces con fantasmas y que con el tiempo devendrán en testimonio de lo incumplido. Ello porque se perpetúa el divorcio entre Estado y realidad cultural, y por la incapacidad de traducir en símbolos comprensibles —el primero, la autoridad misma— la expresión de ese Estado.

La reforma real del Estado es, pues, imprescindible hoy. No solo es asunto de producción y productividad, sino de seguridad para la convivencia civilizada. Garantía, así, de indispensable estabilidad y seguro eficiente contra la corrupción. Lo demás transitará ingenuamente en los linderos de la subversión.

Como nos lo recuerda Hernando de Soto en El misterio del capital, es indispensable que los actores sociales abandonen el mundo de lo que él llama posesiones defectuosas. Lo que supone que Estado y derecho aseguren el mundo de las propiedades. Materiales, sí, pero también y sobre todo simbólicas. Y el impulso hacia esa indispensable reforma del Estado debe provenir de otra idea fuerza clave en de Soto: “... la cosa no es tanto que los migrantes quebranten la ley, sino que la ley los quebranta a ellos, motivo para salirse del sistema”.

Símbolos sin respaldo. Instituciones, normas, procedimientos, monedas e inflación, palabras empeñadas. Interminables y costosas mesas de la pobreza y seguro hasta de la riqueza. Del género y seguro también del número. Estériles consultorías y acuerdos. Usurpación de la sociedad civil. Falsas representaciones. Talentos iluminados que fugarían si no se les paga por encima incluso de estándares internacionales. Hasta pretendidos (y pretenciosos) dueños de la moral pública.

Pérdida de fe pública. Autosubversión gubernamental. A ver si lo entendemos.

Eduardo Zapata
16 de noviembre del 2017

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