Dardo López-Dolz

Dardo López-Dolz

Deseos y derechos

Crece la planilla estatal y los servicios se hacen menos eficientes

Deseos y derechos
Dardo López-Dolz
21 de agosto del 2018

 

Se hace imprescindible la docencia sobre la diferencia entre deseo y derecho. La existencia de un deseo, o incluso la existencia de una necesidad individual o colectiva, no genera automáticamente derechos. Es necesario tener claro que todo derecho conlleva necesariamente la obligación o deber de otro (u otros) de proveer, con el fruto de su esfuerzo propio, lo necesario para satisfacerlo.

El loable comportamiento benefactor caritativo de una persona respecto a otras personas, más allá de las obligaciones contempladas en la ley, no constituye de modo alguno obligación ni deber, como ha pretendido inculcar, con pésimos resultados, un sector religioso desde fines de los sesenta. Es justamente esa prédica la que ha estimulado el crecimiento del hedonismo y la exigencia absurda de algunos para que otro satisfaga —con el fruto de su esfuerzo— los deseos o necesidades que ellos no consiguen satisfacer por falta de capacidad (intelectual, física o académica), falta de esfuerzo o circunstancias económicas adversas (que le afectan o le afectaron a él, su cónyuge o sus predecesores).

Que no se me malinterprete. La caridad, el mecenazgo y la actitud benefactora hacia terceros son comportamientos voluntarios virtuosos que merecen ser inculcados desde la infancia, y difundidos y estimulados. Pero recalco la naturaleza voluntaria, que enaltece el acto, frente al pretendido deber moral. Una concepción errónea que termina aparejando la creencia errónea de un derecho, por definición exigible, en el otro extremo de la relación.

Si dejamos de lado las consideraciones de carácter religioso, sin duda coincidiremos en que el libre albedrío —conjuntamente con la razón, la capacidad de abstraer y la capacidad de procesar emociones para construir sentimientos— constituye la esencia que difernencia a la humanidad del resto de animales en el planeta. Por ello el campo de los gustos, los afectos, los placeres (en tanto no perjudiquen, contra su voluntad, a otros seres humanos), así como el de los deseos, pertenecen al fuero interno de cada individuo. Pero pretender cargar la posibilidad de ejecutarlos a otras personas, individual o colectivamente, o al producto directo o indirecto de los esfuerzos de otros individuos es a todas luces un atropello que conduce irremediablemente al despeñadero, ya que la capacidad de desear es infinita y los recursos no.

Existe, por otro lado, una serie de necesidades imposibles de ser satisfechas eficazmente a nivel personal o familiar. Por ello nacieron el Estado y los criterios tributarios y de prestación de servicios públicos. Lamentablemente el ejercicio del poder de decidir a quienes no se les exige contribuir directamente y a qué destinar el dinero de otros (los contribuyentes) se ha apartado de la solución de los problemas comunes a la sociedad, para privilegiar la construcción de bases sociales dependientes del favor gubernamental.

Así, la seguridad de todos los ciudadanos, su familia y su patrimonio y la defensa territorial, razones primigenias e inalienables de la existencia del Estado, han venido siendo relegadas para privilegiarse medidas demagógicas, matemáticamente insostenibles. Y cuya capacidad de fagocitar recursos se multiplica proporcionalmente a la tasa demográfica de los sectores acostumbrados a demandarlos.

Se ha engordado nuevamente la planilla estatal, a fuerza de empobrecer la remuneración y la exigencia de eficiencia del servidor público que esta debiera aparejar. Se han extendido en el papel (sin el correlato de servicios efectivos en la realidad) las coberturas (con plata de los impuestos) de servicios de salud y educación, sin costo para el receptor de tales servicios, al extremo de hacerlas prácticamente ineficientes y mortalmente tardías.

También se ha abandonado la generación del entorno atractivo para la inversión rentable en construcción de infraestructura vial, energética y de servicios. Infraestructura indispensable para que la inversión generadora de puestos de trabajo prospere al ritmo que la población requiere.

Es tarea del Poder Ejecutivo enmendar los errores aquí descritos.

 

Dardo López-Dolz
21 de agosto del 2018

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