Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

De ser presidente

En el Perú el poder es una ilusión, la más efímera e inútil

De ser presidente
Raúl Mendoza Cánepa
23 de julio del 2018

 

Preguntaba el rector de una prestigiosa universidad: “¿Qué haría usted el primer día de asumir la Presidencia de la República?”. Entre decenas de respuestas serias hubo una que brilló por su mal gusto, la mía: “De hecho no sé qué haría primero, pero lo segundo sería un tratamiento de sueño”. Obvio, el Perú es más para pensarlo, escribirlo o interpretarlo que para creer que podemos cambiarlo con el deslumbre de nuestra fabulosa inteligencia. Asumimos que la política transformará a las estructuras y a los hombres para siempre. El Estado lo es todo; fuera del Estado, nada.

No hay mejor intención ni sueño que el del cambio. Pero leyendo a Alfonso Quiroz y su Historia de la corrupción en el Perú, releyendo a Basadre y a cuanto historiador guardamos en los anaqueles de la biblioteca, o si abrimos las páginas acusatorias de González Prada o algo de memoria económica, la historia es la misma, repetitiva e irredimible. Del auge pasamos a la escasez, de la composición a la descomposición, de la libertad a la tiranía, de la paz al conflicto. Corsi e ricorsi, decía Giambattista Vico, que veía la historia repetirse en ciclos. Así que si guarda una esperanza en la revolución de todos los planos sociales, aquiétese. Las luminarias éticas y con dotes milagreras son ilusión o ¿alguien podría contener un tsunami con las manos?

Las revoluciones en la historia (política, religiosa o de cualquier orden) siempre trataron de ser el remedio de algo y se convirtieron más tarde en la enfermedad. Los salvadores se tornaron en imputados. Algunos llegaron con aura de santidad para convertirse en fusileros, a la izquierda o la derecha.

Solemos olvidar que, en las grandes crisis, muchos peruanos depositamos la fe en alguien, pero lindando los extremos tocamos las puertas de los cuarteles. En 1992 muchos aplaudieron la disolución del Congreso porque asumieron que, frente a la descomposición del segundo alanismo, solo quedaba la fuerza “redentora de quien se atreve”. Décadas más tarde, muchos (incluyendo aquellos que creyeron en aquel 5 de abril) tomaban las calles para protestar contra aquella dictadura que precisamente se tornó en tal desde que disolvió el Congreso aquel 5 de abril (¿Cacofónico?). Varios de los que aplaudieron y protestaron luego, hoy llaman al nuevo gobernante a disolver el Congreso. Corsi e ricorsi de la historia y de las emociones.

Si alguna vez soñó con ser presidente del Perú sabe ya que el poder es una ilusión, la más efímera e inútil. La historia, señor Fukuyama, como ve, no tiene fin; y creer que hay un cambio para un fin es el peor de los engaños. Ser presidente en el Perú, v.g., es una inmolación. No se cambia mucho o nada, y si algo se cambia luego se deshace. Alguna vez, en un encuentro casual con Valentín Paniagua, reparé en que consumía un cigarrillo y le pregunté, con la reverencia de la amplia distancia generacional, si le era habitual fumar. Respondió (quizás en broma), “empecé a fumar cuando me eligieron para dirigir la transición”. Una broma sobre la ansiedad de gobernar.

La fe en los políticos, esa suerte de halo mágico que vemos en quienes elegimos para presionarlos, se convierte pronto en desazón, y esperamos los años que les quedan para “cambiar y elegir uno mejor”. El juego siniestro en el que puede convertirse la democracia cuando creemos que los cambios fecundan desde el poder e ignoramos que las verdaderas transformaciones la tejen, sutil y lentamente, millones de individuos en la búsqueda de hacerse de una vida mejor. El capitalismo liberal, como el lenguaje, no se hizo por decretos, todo lo contrario, estos solo sirvieron para limitar, ralentizar y enmarañar el flujo espontáneo de la historia. Las grandes revoluciones fueron lentas, dispersas, no planificadas. Más hacen por usted los miles de empresarios anónimos, grandes y pequeños, intentando hacer fortuna individual, que esos lumínicos héroes que creen que con leyes y reglamentos se escribe la historia del Perú. Quizás la pregunta del rector con que abrí este artículo hubiera sido pertinente así: “¿Qué haría usted al primer día de fundar una empresa en el Perú?”.

 

Raúl Mendoza Cánepa
23 de julio del 2018

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