Hugo Palma

Hugo Palma

Cumbre de las Américas. Que no vengan (primera parte)

Es indispensable consolidar la democracia en el continente

Cumbre de las Américas. Que no vengan (primera parte)
Hugo Palma
22 de febrero del 2018

 

Las Américas, como Sudamérica, no son solamente geografía. Son también, y esencialmente, Estados que adoptan libremente compromisos exigibles para su convivencia pacífica y garantía de la libertad de sus pueblos. Su compromiso más explícito y breve con la democracia —siete párrafos— fue adoptado en 1959 hasta con la aprobación de Raúl Roa, canciller de Cuba revolucionaria.

La decisión del Gobierno peruano de que el dictador venezolano no participe en la cumbre, ha suscitado comprensibles reacciones. Algunas para lamentar la ausencia de tan eminente demócrata y patriota latinoamericano; otras presentan argumentos serios y respetables, apuntando que el evento no es nuestro, que apenas somos anfitriones, y que esa decisión debería adoptarse por todos. Adicionalmente indican que el dictador debería venir para ser confrontado por los líderes del hemisferio, que el éxito de la cumbre exige que vengan todos, e incluso que en la reunión del Grupo de Lima se consignó que “respetan la decisión del Gobierno peruano”, lo que podría leerse como que no estuvieron en completo acuerdo.

Sin desconocer la legitimidad de esas preocupaciones, continúo pensando que la decisión del Gobierno peruano es acertada, necesaria y oportuna. La cumbre hemisférica no se reúne para disfrutar alguna hospitalidad ni por el placer de verse. Se reunió originalmente en Miami por la propuesta de Estados Unidos de establecer un Área de Libre Comercio en las Américas (ALCA); propósito frustrado por los gobiernos de Argentina, Brasil y Venezuela. Este último y otros países optaron por la propuesta de Chávez de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), el Foro de Sao Paulo, en apoyo a cuanto candidato antisistema apareciera y por la corrupción sin precedentes como instrumento de política interna y exterior. La cereza del pastel es el Tratado de Comercio de los Pueblos, que debe estar exportando millones de abrigadores suéteres bolivianos a Cuba, Nicaragua y Venezuela, a distribuirse en esta última por el Viceministerio de la Suprema Felicidad Social del Pueblo Venezolano. No es broma; existe tal cosa, como existen el General del pollo y el Almirante del papel higiénico.

Pero el tema de fondo es que no solamente las cumbres hemisféricas, sino también muchos compromisos exigibles jurídica y políticamente, establecen inequívocamente que el propósito central e irremplazable de la concertación en el hemisferio —como lo es también el de las mismas UNASUR y CELAC— es la democracia, la libertad de los pueblos y los derechos humanos de todos. Lo demás es importante, pero no sustituto de lo esencial. Por ello, las cumbres hemisféricas, que son distintas de la OEA, deben ser necesariamente encuentros de regímenes democráticos. Entonces la pregunta es si los regímenes de Venezuela desde hace años, y de Cuba desde hace más de medio siglo, son democráticos. Cualquier respuesta distinta de un rotundo “no lo son” es un insulto a la inteligencia y una injuria a sus pueblos oprimidos. Por ello, la decisión peruana es acertada.

Se plantean entonces los casos recientes de Honduras, el permanente de Bolivia, los no lejanos de Ecuador, Perú, Paraguay y otros; y hasta se apunta que no exigimos democracia a China. Es cierto, la democracia en América Latina ha sido históricamente frágil y, cuando parecía entrar en fases de consolidación, no faltaron ni faltan los creativos que encuentran maneras de socavarla. Sin extrañar los clásicos y recurrentes golpes militares, pareciera que nos contentamos hoy con elecciones periódicas, por amañadas o fraudulentas que sean, y aceptamos que si al régimen no le gusta el Congreso le ponga encima una asamblea constituyente; y si no le ayuda la justicia, nombre a sus jueces. Maduro y Evo Morales nombran jueces, fiscales y hasta defensores del pueblo con la misión de que los defiendan. Los derechos humanos y políticos de los demás no tienen importancia.

Obviamente, es indispensable consolidar la democracia en el continente, pero es imposible hacerlo si nadie es capaz de poner el cascabel al gato. Y si no se hace, no es por respeto al principio de no intervención, porque es evidente que no se le está violentando. Es más por no hacerse problemas, no enfrentar energúmenos o seguir vacuas invocaciones a la fraternidad latinoamericana. ¿Pero quienes somos hermanos? ¿Los pueblos o los gobiernos? Si se trata de los primeros hay que hacer todo lo posible. Pero parece que son los gobiernos, y lo que merecen es vigilancia. Se suele confundir, con enorme daño para los pueblos, la fraternidad con la hipocresía y la cobardía.

A los gobiernos que contravienen sibilina o groseramente los requisitos del sistema democrático es casi imposible obligarlos a que reconozcan las obligaciones que libremente contrajeron, y descaradamente pretenden escudarse en el principio de no intervención. Los votos no alcanzan y el discreto encanto del consenso prevalece vaciando de toda sustancia nuestros acuerdos, que terminan careciendo de impacto. ¿Y qué quiere decir confrontar a Maduro en la cumbre? ¿Será, en el mejor de los casos, un intercambio de gritos e insultos? ¿O alguien espera que nuestro visitante escuche, reflexione y convenga en que está en falta? Confrontar en este tema, no quiere decir nada; y si sirviera se debió intentar hace varias cumbres.

Entonces, no cambiará nada si se sigue haciendo lo mismo. Algo tiene que ocurrir y está ocurriendo, y debe servir de advertencia a Honduras y cualesquiera otros casos, empezando naturalmente por Cuba. Y si no exigimos democracia a China no es porque se trata del primer socio comercial, sino por la sencilla razón de que, contrariamente a lo que hemos hecho en las Américas, nunca hemos acordado tal cosa con ese país y, por ende, no tenemos nada que exigirle. Para el fortalecimiento de nuestras democracias, la decisión peruana es necesaria.

 

Hugo Palma
22 de febrero del 2018

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