Rocío Valverde

Rocío Valverde

¿Cuándo perdiste la fe?

Las personas son más grandes que sus religiones

¿Cuándo perdiste la fe?
Rocío Valverde
22 de enero del 2018

 

Este fin de semana he estado siguiendo la visita del Papa. Siempre me emociona ver mares de gente compartiendo momentos de felicidad que los unen, ya sea en una misa celebrada por el Papa, un concierto de Aerosmith o un partido de fútbol de la selección.

El Papa ha dejado dos claros mensajes: Cuiden su casa y luchen contra el feminicidio. ¿Cómo no estar de acuerdo con ese discurso? La multitud aplaudía, lloraba y le contaban al primer reportero que encontraban el motivo por el cual habían ido a ver el papa Francisco. La mayoría querían pedirle a Dios que los cure a ellos, a un familiar con cáncer, a sus hijos con problemas de desarrollo o a sus ancianos padres. Todos buscaban algo a que aferrarse, algún mensaje divino escondido en la liturgia que les diera esperanza para continuar, algo que reafirme su fe en Dios.

Este fin de semana rebuscando en el ático encontré el catecismo de mi esposo. Me preguntó entonces él cómo fue que perdí mi fe y como así me alejé de la religión que me enseñaron mis padres. Este es un tema sobre el cual nunca habíamos conversado, a pesar de que ambos somos ateos criados en el seno de familias católicas.

Verán, hay algo que para mí es superior a las religiones, las distintas divinidades, profetas o dioses. La moral, el código de conducta, debería guiar las acciones que tomamos diariamente. En mi casa siempre me enseñaron que mentir era malo, que se ayudaba a quien necesitaba (sin pedir o esperar nada a cambio) y que podría estar segura de que nunca nadie podría llamar ladrón a mi padre.

Con todo el amor del mundo, y siguiendo la tradición, mis padres me metieron a un colegio de monjas. En el colegio todas las mañanas teníamos que leer un pasaje de la Biblia, reflexionar, hacer nuestras peticiones, cantar, darnos las manos y orar a Dios Padre y a la Virgen María. Crecimos entre mensajes de ayuda al prójimo, de caridad y de amor sin medidas, como buenas agustinianas.

El problema vino cuando comencé a darme cuenta de que no practicaban lo que predicaban. Entiendo que un colegio no es una organización sin fines de lucro, pero me parecía un acto vil separar a los alumnos “morosos” luego del rezo de la mañana. ¿Qué pasó con la caridad que tanto predicaban? Luego me pregunté por qué era tan malo que nos abrazáramos entre compañeras, por qué no podíamos ir andando de la mano y por qué estábamos teniendo charlas sobre nuestra sexualidad a los doce años de edad. ¿Un abrazo nos podía volver lesbianas? Esta hipocresía fue la que me hizo abrir los ojos por vez primera. Así no actuaría Jesucristo, me dije.

Luego llegó el golpe temprano. Quisiera contarles con pelos y señales el caso de una amiga que salió embarazada de un casi cura, pero me voy a reservar el inicio de esa relación abusiva y predatoria. Esta niña provenía de una familia pegada a la Biblia y la sotana. Fue criada desde pequeña con esta idea abominable de que abortar, sin importar los motivos, es un pecado y que el pecado te aleja de Dios. Ella, como se imaginarán, se vio sin apoyo alguno, solo el de cinco amigas, y se realizó un aborto a las cuatro semanas. Nunca pudo reconciliarse con su decisión y el yugo de su fe. Simplemente desapareció. ¿Qué pasó con el casi cura? Pues no lo sé, seguramente dando misa en la parroquia de tu barrio.

La tercera caída verdaderamente fuerte se dio el día en el que conocí a una mujer a quien llamaré Lola. Ella es lo más cercano a la descripción apocalíptica de la Bestia, y quizás es una mujer u hombre al que tú también conozcas. Lola es aquella que en el mes mariano saca una imagen de la Virgen María y la pasa de vecina en vecina. Lola es la señora que pertenece a un grupo de la iglesia, quizás de nombre “Agua viva” o “Renovación carismática”, y que llama “hermanita” a sus amigas de la iglesia. Lola es quien está enterada de los últimos chismes, quien miente y mancha honras para aparentar que su matrimonio y su hija son perfectos, porque más importa el qué dirán que la verdad. Lola es esa mujer que llora y se da golpes en el pecho en la procesión del Señor de los Milagros, pero que de lunes a sábado está viendo a un abogado para quitarle la herencia a sus hermanos. Lola es la mujer que en una sentida carta le mandará una estampita o una medalla a su hermana, y le dirá que reza para que su cirugía vaya bien, mientras planea como sacar al esposo de su hermana de la casa, el ya sentenciado futuro viudo. Lola es aquella que sabiendo que un casi cura abusa de una menor de edad decide cerrar las puertas y mirar hacia otro lado, y simplemente pide al curita mayor que reubiquen a ese seminarista. ¡Como si eso solucionara el problema!

¿Son estas unas cuantas manzanas podridas? ¿Es mi familia católica cómplice de esta maldad? Una tía católica, una señora buenísima —que por fortuna no es una Lola—, me dijo que el mal existe porque Dios nos hizo libres. Qué fuerte escuchar esto. Dios te hizo libre para hacer el bien o el mal; pero no podemos cerrar los ojos a la hipocresía, a la caridad de Navidad, la de púlpito o la que solo es para la foto. No podemos pretender que la pederastia no ha sido una pandemia que ha afectado a las iglesias de Irlanda, Australia, Chile, España o Perú. No pueden molestarse los católicos al ver a activistas indignados protestando pasivamente ante la complicidad y el silencio de toda una institución. Es algo terriblemente perverso y que los católicos, como iglesia, deben discutir.

Y fue así, un buen día, tras conocer a Lola y hablar con mi tía, que me di cuenta que estamos realmente solos. Fue así como se acabó esa “fe”. Sin embargo ese mismo día nació la esperanza, pues las personas son más grandes que sus religiones. Vive y deja vivir, haz el bien sin mirar a quien y sobre todo ama sin medidas.

 

Rocío Valverde
22 de enero del 2018

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