Ángel Delgado Silva

Ángel Delgado Silva

Cuando el tiro sale por la culata

El debate político convertido en “guerra santa”

Cuando el tiro sale por la culata
Ángel Delgado Silva
11 de enero del 2018

 

La política es una práctica social fascinante. En ella concurren fuerza, entrega, emoción y despliegue imaginativo de los actores comprometidos. Pero en el escenario donde se despliega y colisionan presiones encontradas, los resultados son contradictorios, totalmente distintos a las estrategias que se blanden.

 

La política es “la acción inteligentemente llevada”, como nos recuerda el profesor italiano Giovanni Sartori. Sin embargo, no pocas veces este accionar deliberado ha llevado a salidas contrapuestas con los fines originalmente perseguidos. La historia mundial es pródiga en ejemplos y demuestra que en todas las latitudes la racionalidad política no comulga con la lógica formal. Incluso, para mayor espanto, esos grandes diagnósticos de infatuados analistas o políticos con pedigrí terminan burlados por la cruda realidad, con relativa frecuencia.

 

En el Perú recientemente quienes creyeron luchar por la institucionalidad democrática y así bloquear una eventual captura del Estado por el fujimorismo, terminaron abriendo la prisión de Alberto Fujimori. Y de ese modo fortalecieron a la postre a dicha fuerza política, al convertirla en fiel de la balanza de la gobernabilidad del país.

Fue impresionante, pues en un santiamén las cosas quedaron invertidas radicalmente. Quiénes hasta hace poco venían a Kuczynski como garante de la democracia, lo llaman hoy traidor, y sin miramientos. Los que ayer estuvieron contra la vacancia, la promueven ahora indignados. Y probablemente los promotores de entonces la rechacen o se abstengan de votar. ¿Cómo explicar estos giros espectaculares que deslumbran a encandilados observadores y descuadran a sesudos analistas?

Todo ello, tiene mucho que ver con el propio vértigo de la praxis política, con aquellos elementos indecibles que nutren su última razón y conducen a una permanente indeterminación. Sin embargo, es factible descubrir algunas constantes, ya replicadas en otras circunstancias históricas, capaces de ofrecer pistas para una explicación racional de lo acontecido.

En ciertas épocas extraordinarias los elementos irracionales que coexisten con el quehacer político se vuelven dominantes y se alinean con la propia lucha política. Así pasa con las revoluciones, dictaduras, guerras civiles y momentos de alta convulsión social. El enfrentamiento adopta la forma de una brutal polarización, y muchas veces deriva hacia la confrontación militar. En este contexto de “lucha final” se explica la hegemonía de los conceptos éticos en el discurso político y simbólico.

Pero cuando estas actitudes, conductas y procederes se extrapolan a los periodos democráticos se generan notables extravíos. Toda democracia propicia un escenario para una lucha política laica y racional, por lo menos como propósito inicial. Por lo tanto, aquella división en bandos enconados por categorías morales del bien y mal, no es propia de la democracia. Y conduce a resultados insólitos que terminan erosionando al propio régimen democrático.

En efecto, en lugar de una disputa legítima entre opciones para alcanzar el bien común, el alineamiento adversa contra un mal ínsito, estructural, casi genético, que poseería el otro. La política democrática —que debiera estar imbuida de prudencia, tolerancia, racionalidad y cálculos estratégicos— se transforma entonces en “guerra santa”. La consecuencia de ello es la conversión de los adversarios políticos en enemigos acérrimos. Y el resultado de esta colisión no es el desplazamiento en la pirámide del poder, sino la destrucción y eliminación del contrincante.

Pero como tal cosa resulta imposible en democracia —por lo valores que conlleva y porque la correlación de fuerzas tampoco lo permite— los productos de esta actuación son absolutamente contrarias a sus propósitos. En lugar de promover y desarrollar su propia alternativa política, el neofundamentalista se desgañita hasta agotarse y quedar exhausto ante cualquier paso de su enemigo fundamental. Pero es un esfuerzo vano, pues el otro, alimentado por la polarización, ve incrementada sus fuerzas y gana más presencia política.

Esta es la triste historia de los “antis” en el Perú. “Los chilenos antes que Piérola” predicaba El Comercio, a principios de la centuria pasada, mas no melló la trascendencia histórica del Califa. El antiaprismo que convivió con varias de nuestras generaciones, no liquidó al partido. Y el cerril rechazo al fujimorismo no ha impedido que sea hoy, para dolor de muchos, la formación política más importante del país.

Pero lo más grave es que este antipolitismo criollo ha sido manifiestamente impotente. No ha creado opciones progresistas y democratizadoras, sino —por defecto— tiranías cruentas o gobiernos mediocres que han perjudicado seriamente la evolución política nacional. La democracia política no se fundamenta en el veto o exclusión de los adversarios para que no alcancen el poder. Es el principio de alternancia en el poder, para que los estilos o modos de ejercerlo se sucedan unos a otros, sin interrupción ni obstáculo significativo, lo que retrata a una genuina democracia.

 

Ángel Delgado Silva
11 de enero del 2018

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