Darío Enríquez

Darío Enríquez

Círculo virtuoso del crecimiento puede quebrarse

Si el crecimiento no se convierte en desarrollo podemos involucionar

Círculo virtuoso del crecimiento puede quebrarse
Darío Enríquez
04 de octubre del 2017

Cada día hay menos desavisados que se sienten capaces de cuestionar racionalmente la realidad del crecimiento económico sostenido desde 1992 hasta la fecha. Incluso en momentos de crisis internacional, como en 1998 y 2008, la nueva economía peruana surgida de las reformas (incompletas) de los noventa, ha sabido capear el temporal y salir adelante echando mano a sus propios recursos. Los espantosos escenarios de los setenta y los ochenta se encuentran demasiado lejos de nuestras preocupaciones reales. La más grave crisis de nuestra historia es la producida por el nefasto régimen instaurado por el golpe de Estado militar socialista de Velasco en 1968, y realimentada por la ilegítima C79 y la complicidad de políticos tradicionales en todo el espectro político, hasta la restauración democrática de 1992. Esa crisis es parte de un pasado que nunca volverá.

¿En verdad nunca volverá? Este es el reto que enfrentamos los peruanos ya casi al final de la segunda década del siglo XXI. Más allá de juegos retóricos, la clave está en que el crecimiento económico se convierta en desarrollo sostenible. No hay tantos problemas con el “qué”, sino con el “cómo”. Nos enfrentamos a la tentación de pretender que el Estado sea la solución, cuando la casuística es vasta mostrando que el Estado —su tamaño, su financiamiento y su intromisión en la vida de los ciudadanos— es el problema más grave que enfrenta nuestra sociedad. Por si fuera poco, el Estado se encuentra inevitablemente bajo el control de los políticos. No hay modo.

Creemos que los elementos fundamentales son mercado y educación. Vamos a revisar un concepto y dos hechos de la vida cotidiana. El concepto se refiere a que “la educación no es una mercancía”. Craso error. Todo bien o servicio tiene un costo, por lo tanto su conversión en mercancía garantiza su viabilidad; porque además de los costos debemos cubrir las expectativas e incentivos, sin los cuales sus actores no operan en forma mínima debida. Lo gratuito no existe. En este contexto, la mercancía se entiende como un bien o servicio que genera beneficios (lucro) a su operador. El término mercancía se ha estigmatizado, cuando sin las mercancías jamás habríamos salido de las cavernas ni construido esta civilización humana que ha logrado picos inéditos de bienestar. Se pretende que la educación no sea mercancía, pero deben adquirirse mercancías para sostener su operatividad. Ni las carpetas, tizas o plumones, ni las pizarras, ni el mantenimiento de locales, ni los salarios de auxiliares, profesores o directores, ni los reactivos de laboratorio, nada de eso es gratuito. Se genera una contradicción.

En la cadena de bienes y servicios que dan soporte a cualquier otro bien o servicio a favor de los consumidores, el concepto de mercancía aparece inevitable. ¿Cómo hacemos para que de pronto ese satanizado lucro desaparezca y se convierta en un angelical desprendimiento? Eso no existe. Los hechos son tercos e inapelables. Ni demonios ni ángeles. Simples principios elementales de economía. Solo de este modo, la intervención del Estado en educación y en otros menesteres debe hacerse siendo plenamente conscientes de que necesitamos un financiamiento sólido, además de asignar lo que corresponde a sus operadores —por ejemplo auxiliares y profesores— a través de sueldos y salarios que se correspondan tanto al mercado como al financiamiento disponible. La magia no existe.

Como ejemplo, un caso del día a día. Hay un pandemónium para la venta de entradas del partido Perú-Colombia, que definirá la clasificación o eliminación para el Mundial de Fútbol Rusia 2018. Si no somos capaces de vender entradas para un espectáculo masivo sin que haya problemas, algo no funciona bien. Es un indicador de que aún estamos lejos de convertir crecimiento económico en desarrollo sostenible. Un factor es sin duda que los precios no reflejan la dinámica oferta-demanda, por lo tanto se genera un cuello de botella y la explosión de los “rebecas” (novedoso peruanismo por revendedores). Pero también juega la incapacidad de mantener un mínimo orden en asuntos que otras sociedades han resuelto hace mucho tiempo.

Esto nos hace evocar la “prueba ácida” propuesta por el genial humorista Sofocleto para medir el nivel de civismo de un grupo o una colectividad en un espacio determinado: “Pongan un rollo de papel higiénico en un baño público y se lo roban en menos de tres minutos”. Categórico. En estas cosas que pueden considerarse triviales en lo cotidiano, encontramos retos a enfrentar y superar. Mercado y educación. Sigamos mejorando paso a paso, sin retroceder, sin que nuestro bienestar material episódico nos engañe. Nunca antes millones y millones dejaron la pobreza y se incorporaron a la nueva clase media. Eso no pasa por casualidad. Pero si no persistimos en buscar desarrollo sostenible, aún lejano, a partir del crecimiento económico que sigue allí, el proceso virtuoso puede involucionar.

Para terminar, una cita extraordinaria del maestro Antonio Escohotado (2003): “Me he dado cuenta de que un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo, sino porque tiene educación. Significa que aunque puedas robar, no robas. Significa que tú vas por la calle, la acera es estrecha, tú te bajas y te disculpas. Que cuando te traen una factura, pagas y dices gracias. Cuando un pueblo tiene educación, ese pueblo es rico. En definitiva, la riqueza es conocimiento que permite respeto ilimitado por los demás”.

Darío Enríquez

Darío Enríquez
04 de octubre del 2017

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