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Soñando con Toledo y Humala

Columna del director

Soñando con Toledo y Humala

8 de Febrero del 2017

Guzmán repite libreto de políticos antifujimoristas

Julio Guzmán cree que ha llegado su hora con el caso Lava Jato y levanta los puños para sentenciar que ha caído el primer dinosaurio, en clara referencia a los aprietos en que está Alejandro Toledo luego de haberse descubierto una coima de US$ 20 millones. Si Toledo es encarcelado, la figura de un dinosaurio caído puede calzar perfectamente con las iras de la mayoría nacional.

Sin embargo, enseguida Guzmán le pone el apellido antifujimorista a su propuesta política, y allí es cuando el candidato morado se resbala y se golpea la quijada. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que —al margen de la indiferencia de los medios— es evidente que en el imaginario popular la idea de que el antifujimorismo está siendo investigado, procesado y encarcelado también es parte de la realidad. Y si no es así solo bastaría un mínimo esfuerzo pedagógico sobre el electorado para establecer que los únicos méritos que presentaron Toledo y Humala era su adhesión al antifujimorismo radical. Ambos son las representaciones antropomórficas de ese antifujimorismo cerril.

¿Qué significa semejante situación? Que de una u otra manera el cataclismo Odebrecht le ha reducido el espacio, el margen de maniobra, al antifujimorismo radical. Un ejemplo: hoy parece imposible que se repita la circunstancia en la que Mario Vargas Llosa y el propio Toledo se convirtieron en garantes de Humala. Es decir, una convergencia antifujimorista en la que participaban todos los colores y humores habidos y por haber.

Quizá sea posible también señalar que el antifujimorismo que le permitió a la izquierda y a los advenedizos medrar en la política se ha terminado con la posibilidad de que más de un jefe de Estado de la democracia post-Fujimori sea encarcelado. No sería tampoco arriesgado sostener que el propio fujimorismo quizá esté demasiado interesado en que continúe la polarización antifujimorismo versus fujimorismo que organizó la política en los últimos quince años.

¿Por qué entonces Guzmán persiste en el software antifujimorista? Porque el antifujimorismo fue el boleto más cómodo para hacer política en los últimos quince años. No era necesario organizar un equipo, organizar pacientemente un partido político ni desarrollar un discurso intelectual para lanzarse a la arena pública, solo bastaba la voluntad y que los dioses y la chiripa te permitieran enganchar con el humor antifujimorista que se cultivaba en los medios y en las élites. Y punto, con eso ya estabas en la “política grande”. Sin ser demasiado conscientes todos los políticos antifujimoristas, de una u otra manera, reprodujeron el universo caudillista, personalista, sin colectividades detrás ni al costado, que se inauguró con el ascenso de Alberto Fujimori al poder.

¿A qué viene todo esto? A que el nuevo político que surgirá del cataclismo Lava Jato quizá se plantee superar la polaridad fujimorismo versus antifujimorismo y proponga una nueva agenda en la que se destierre cualquier voluntad de exclusión. A lo mejor el peor enemigo del movimiento naranja, el más letal en las urnas, sea la fuerza que proponga un nuevo pacto nacional para superar los parámetros con que se organizó la política en la que se parió a los jefes de Estado corruptos que estamos viendo desfilar y en la que se bloqueó la construcción de nuevas instituciones.

Por Víctor Andrés Ponce