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La sombra populista en el fujimorismo

Columna del director

La sombra populista en el fujimorismo

18 de Agosto del 2017

El peso de la coyuntura y la falta de ideología

Durante la presentación de la ministra de Educación, Marilú Martens, en la Comisión de Educación del Congreso, el fujimorismo se plegó a la estrategia del Frente Amplio de permitir el ingreso del Conare Sutep —facción radical— a los ambientes del Legislativo. Si bien no se permitió que los sindicalistas ingresaran a la Comisión de Educación, un sector del fujimorismo se tomó foto con Pedro Castillo, dirigente del ala extremista del magisterio. Más tarde, el propio movimiento naranja anunció que se promovería la interpelación a Martens.

Es evidente que el fujimorismo está priorizando su papel opositor. Finalmente, si el propio PPK se reunió con los radicales, ¿por qué la mayoría legislativa tendría que cerrar las puertas del Congreso? Hay cierta racionalidad, pues, en la conducta de Fuerza Popular. Sin embargo ese comportamiento no corresponde a un partido histórico con una clara identidad programática, sino a un movimiento a la defensiva frente a las tendencias populistas. ¿Por qué? Porque PPK puede equivocarse en el tema, pero un partido con perspectiva histórica de ninguna manera.

Olvidar que detrás del conflicto magisterial —más allá de la justicia de las demandas docentes—, existe una estrategia maoísta que busca legitimizarse socialmente y cancelar la meritocracia docente —una política estatal gestada en los últimos tres gobiernos—, lo único que revela es la desesperación por “desubicarse” ante las masas. ¿Se imaginan, por ejemplo, al Partido Popular de España asumiendo semejante actitud?

La desesperación por descolocarse frente a las masas es uno de los síntomas del populismo que, generalmente, aparece cuando el movimiento populista está al frente del Estado. Sin el Estado, a veces, esa desesperación puede convertirse en bumerang. Por ejemplo, si la huelga magisterial continúa se volverá absolutamente impopular ante la furia de los padres de familia, que echarán fuego contra el radicalismo magisterial por la posible pérdida del año escolar de los vástagos. ¿No es entonces más prudente guardar pan para mayo?

Todo indica, pues, que el populismo es uno de los ingredientes de la nueva formación política y plebeya que expresa el fujimorismo. Allí están los diversos proyectos de ley naranjas que compiten en estatismo con el Frente Amplio, hasta la ley que prohíbe usar leche importada en la elaboración de productos lácteos.

En este contexto, si el fujimorismo no desarrolla una identidad ideológica y programática para darle coherencia al mundo emergente que expresa, y tal como van las cosas, semejante hecho se convertirá en la peor amenaza para la unidad partidaria, incluso más que el accionar disolvente de Alberto y Kenji.

¿Dónde están los apuntes de una posible identidad programática? El fujimorismo, al margen de adhesiones y rechazos, hoy es una de las pocas representaciones del mundo emergente o del lado informal de la sociedad. Todos sabemos que no hay desarrollo si el Perú formal no converge con el otro Perú. En ese camino la sociedad emergente puede ser atraída por el discurso anti Estado de las fuerzas antisistema o por una fuerza que apueste por un capitalismo popular que se integre con la formalidad actual, en un solo sistema de economía de mercado. En esa apuesta por el capitalismo popular podría residir toda la energía que necesita el fujimorismo para convertirse en una fuerza de largo plazo.

Comienza a ser evidente que el movimiento naranja necesita con urgencia organizar una identidad ideológica y programática que cemente a Fuerza Popular y alimente su estrategia política. Si no avanza en esa ruta, la coyuntura y la improvisación del día terminarán desfigurando al fujimorismo. Y finalmente, cuando se participa de las corrientes populistas gana el populista más populista o “consecuente”. ¿O no?

Para consolidar una representación plebeya como el fujimorismo es absolutamente insuficiente una normatividad antitránsfuga, que sanciona al parlamentario disolvente. Se necesita también ideología y programa. Así ha sucedido desde que se inventaron la democracia y los príncipes del poder: los partidos políticos.

 

Víctor Andrés Ponce