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La guerra como normalidad

Columna del director

La guerra como normalidad

10 de Abril del 2017

Recrudece polarización entre pepekausas y fujimoristas

Si alguien creyó que la polarización que desarrolló el nacionalismo contra la oposición en el pasado quinquenio —y que llegó a ser comparado con los peores momentos del fujimorato y los actuales regímenes bolivarianos— era difícil de igualar o superar, se equivocó de cabo a rabo. De alguna manera el nivel de enfrentamiento que se experimenta durante la administración pepekausa no se diferencia en nada de la época del humalismo. En otras palabras, como en el nadinismo, la guerra ha comenzado a reemplazar al diálogo y los acuerdos entre los actores.

¿De quién es la responsabilidad? A estas alturas de todos —incluido el fujimorismo—, pero principalmente de Palacio. Por una sola razón: según la Constitución y las leyes, el Ejecutivo tiene todas las herramientas para concentrar la acción política. Es decir, puede promover la guerra o el diálogo y el acuerdo en política.

Luego de la censura a Jaime Saavedra, la política pareció entrar en un remanso porque entre Ejecutivo y Legislativo empezaron a subrayar las coincidencias y a postergar las diferencias. Paralelamente el Ejecutivo entraba en caída libre en cuanto a popularidad. Con la llegada de las lluvias y huaicos, el fujimorismo desactivó la interpelación al vicepresidente Martín Vizcarra, pero después se desubicó con su renuncia a liderar una convergencia nacional para enfrentar la emergencia, y también con un extraño proyecto de ley para normar la vida societaria de los medios.

Por su lado, el Ejecutivo actuó con propiedad en la atención de la emergencia y detuvo la caída de su popularidad; pero en el acto empezó a sumarse a la ofensiva mediática en contra del fujimorismo, como si recuperar el pulso político fuese sinónimo de entrar en guerra. La polarización recrudeció como en la pasada segunda vuelta electoral. Hoy algunos ministros salen a pechar al Legislativo en los medios por algunas modificaciones a los decretos legislativos y el jefe de Estado (como en la famosa cuestión de confianza) señala que observará cualquier ley sobre la prensa. Como se aprecia, la guerra está desatada.

¿Quién gana y quién pierde? A entender del suscrito pierde largamente la administración PPK porque sin un acuerdo con el fujimorismo solo le resta administrar la crisis y renunciar a reformas de fondo. Un gobierno de ese tipo terminará mal el 2021. El fujimorismo pierde menos porque el éxito de la alianza entre el gobierno y los medios solo depende de los resultados. Y tal como van las cosas, el mundo para la oposición en un gobierno pepekausa es favorable, ancho y ajeno.

Hoy, por ejemplo, la guerra mediática —sobre la que cabalga el Ejecutivo— es tan intensa que solo existe una oposición: el fujimorismo. La izquierda comienza a difuminarse y a veces puede mezclarse con el oficialismo y el humor de los medios. Las cosas son tan evidentes que, a propósito de la intensa campaña sobre el 5 de abril, por primera vez aparecieron varios fujimorismos: el de Keiko y Fuerza Popular, que no celebra el autogolpe; el de Kenji, que busca el aplauso de la barra brava de la media; y el de Alberto Fujimori, que se proclama “el arquitecto de esta democracia”.

El gran problema es que el gobierno y los medios creen que están ganando la batalla. No se dan cuenta de que solo le hablan a un 30% del Perú y que el otro 70% no está conectado con sus mensajes y propuestas. Si bien el fujimorismo se conecta con la mitad de ese 70%, es evidente que la guerra entre pepekausas y fujimoristas puede abrir una Caja de Pandora de dónde saldrán las propuestas antisistema que acabarán, principalmente, con el mundo de los pepekausas y de los medios.

 

Víctor Andrés Ponce