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LA ESTRATEGIA DE UN GOBIERNO DÉBIL

Columna del director

LA ESTRATEGIA DE UN GOBIERNO DÉBIL

1 de Febrero del 2017

Reflexiones sobre el rompecabezas de la gobernabilidad

En más de una encuesta la popularidad del presidente Kuczynski ha caído más de diez puntos y ahora la desaprobación empieza a superar a la aprobación. Desde que se encumbrara con más de 60 puntos, PPK no ha cesado de caer, y las luces amarillas y rojas comienzan a encenderse. La tendencia se mantiene desde antes del terremoto Odebrecht —que afecta indirectamente al gobierno— hasta después de que las ondas destructivas del caso brasileño comenzaron a sacudir a la clase política.

Quizá para intentar poner los pies sobre la tierra, en el análisis habría que formularse una pregunta: ¿Puede PPK ser un jefe de Estado popular? Creemos que no. Kuczynski es el padre vivo de la tecnocracia peruana y sus gestos bonachones no son suficientes para engancharse con una sociedad que acumula demandas por doquier.

Otra interrogante: ¿Hay alguien en la administración PPK capaz de engancharse con una ciudadanía impaciente? También creemos que no. Desde la sobria conducción del Gabinete de Fernando Zavala, pasando por Marisol Pérez Tello, hasta los ministros de izquierda, no hay nadie que tenga esa conexión con las tripas que caracteriza a los líderes que sintonizan con la gente.

Si a estos hechos le sumamos que la administración PPK expresa a la tercera bancada del Congreso y que, por naturaleza, el Gabinete Zavala está distanciado de los populismos fáciles —uno de los caminos breves hacia la popularidad— es evidente que estamos frente un gobierno débil. La única manera, pues, para conseguir popularidad es desarrollando un buen gobierno e impulsando reformas centrales.

¿Cómo se puede avanzar en ese camino? Una de las condiciones del éxito en la política y en la guerra es el análisis concreto de la situación concreta. De allí que la historia esté repleta de ejemplos de actores débiles que terminaron triunfando sobre fuerzas mucho más poderosas.

En los primeros seis meses de la administración PPK (antes del tsunami Odebrecht) se cometió un error estratégico: se creyó que se podía mantener la política de alianzas de la segunda vuelta —contentando al antifujimorismo radical— mientras se jugaba al choque y colaboración con la mayoría fujimorista del Congreso. El resultado: el antifujimorismo radical está hecho puré y la administración PPK se debilita cada vez más, mientras el movimiento naranja contempla las cosas desde el balcón.

El pepekausismo es una derecha proempresarial y tecnocrática que por su extrema debilidad tiene la obligación y necesidad de converger con el fujimorismo, una derecha popular que es mayoría legislativa. No hay argumento programático ni política de gobierno que justifique una falta de confluencia. El gran problema es que la falta de política del Gabinete ha llevado a soslayar esta necesidad que no solo nace de las urgencias del país, sino también de la propia necesidad de sobrevivencia de la administración PPK.

Es evidente que cada día que pasa la situación se deteriora más, en medio de una ola criminal que no se contiene y una sensación generalizada de que todos los políticos e instituciones están enfangados en corrupción.

No hay manera de que la administración PPK logre surcar las aguas hasta el 2021 sin ese acuerdo o convergencia con la mayoría naranja. Ya es hora de decirlo con todas las mayúsculas y minúsculas. No obstante que Alonso Segura y Nadine Heredia no lograron destruir las bases macroeconómicas y derrumbar al Estado, el nacionalismo nos dejó un país devastado con un deterioro institucional sin precedentes.

Las demandas se han acumulado de tal manera que no hay tiempo. Con el respaldo político de la mayoría naranja, sin necesidad de que el fujimorismo renuncie a liderar la oposición y la crítica, la administración PPK debe elevar la gobernabilidad de su administración mientras moviliza al Estado para sancionar la corrupción Lava Jato y enfrenta, de una vez por todas, a la ola criminal. Por favor, se acaba el tiempo.

Por Víctor Andrés Ponce