Víctor Andrés Ponce

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La democracia sin partidos

Reflexiones sobre el sistema político

La democracia sin partidos
Víctor Andrés Ponce
18 de abril del 2018

 

El debilitamiento del fujimorismo luego de la guerra fratricida que ha liquidado a Kenji y ha colocado el indulto de Alberto Fujimori cerca del abismo, de una u otra manera, nos regresa a la normalidad con respecto a los partidos en el Perú. Desde los noventa manda el antipartido. Semejante aproximación parece confirmarse luego del cuestionamiento de la inscripción del Apra en el JNE y las pullas que se avecinan contra Acción Popular. Y si le agregamos la intensa campaña antipartidos que desplegó un sector de los medios, todo pareciera indicar que después de las elecciones del 2021 la democracia peruana seguirá siendo una sin partidos.

Mala noticia para el Perú. El motivo: el hecho de que Toledo, Humala y Kuczynski hoy enfrenten investigaciones y procesos judiciales por corrupción puede tener diversas explicaciones (desde la mala educación hasta las tradiciones políticas), pero es evidente que mucho tiene que ver con la ausencia de partidos. La brutal polarización en los dos primeros años de la pasada administración PPK igualmente está vinculada a la falta de política partidaria. La sociedad mediática nos llevó a creer que la política de los partidos puede ser reemplazada por los asesores, por los especialistas en marketing, por el amigo caviar que suele vivir en las puertas giratorias del ministerio y del periodismo, y otros aparecidos. Allí están los resultados: una cruenta polarización que engulló a todo el espacio público, incluyendo a periodistas y comunicadores.

En el mandato del antipartido en el Perú hay cuestiones de coyuntura y de estructura. En el día a día parece que se avizoran buenas noticias. El presidente Martín Vizcarra y en el presidente del Consejo de Ministros, César Villanueva, parecen demostrar el nervio entrenado del político provinciano que sabe gestionar una región, que sortea presiones de cualquier lado, que resuelve conflictos y que muestra autoridad. Todo indica, pues, que el Ejecutivo y el Legislativo saldrán gananciosos de los trejos políticos provincianos en el poder.

Sin embargo, el antipartido engorda con la crisis de representación generalizada de la democracia peruana. La gran política peruana sigue dominada por el limeñismo que en el pepekausismo llegó al paroxismo: el Perú se resumía en los barrios mesocráticos de la Costanera, hasta las playas del sur, y de allí a Nueva York y Londres. ¿A qué vamos? La crisis de los partidos en los noventa coincidió con el final de una política que solo representaba a una sociedad criolla asentada en Lima, Arequipa y Trujillo, pero que no miraba a las sociedades andinas.

El mundo migrante de los Andes transformó la sociedad y la economía limeñas; sin embargo, el espacio público continuó dominado por la tradición. Más allá de las imágenes andinas y mestizas de Toledo y Humala, ambos fueron la expresión pura de la política de siempre.

El fujimorato de los noventa y Fuerza Popular fueron incursiones de la nueva sociedad que había surgido, pero la falta de una racionalización política e ideológica hasta hoy evita que el fujimorismo se transforme en algo nuevo. Los demás partidos no parecen ser conscientes del problema, mientras los movimientos antisistema se lanzan al Perú profundo para intentar representar a una mayoría sin nexos con el espacio público.

El gran problema del antisistema es que intenta expresar con propuestas colectivistas a una emergencia capitalista de principio a fin. Si los partidos en el Congreso, por ejemplo, se propusieran expresar a esa sociedad que emerge en contra del orden estatal, por ejemplo, a nadie se le ocurriría discutir sobre aumentos de sueldos mínimos o de estabilidad laboral. La cosa sonaría a locura.

En cualquier caso, seguimos en una democracia sin partidos. ¿Hasta cuándo seguiremos jugando a la suerte?

 

Víctor Andrés Ponce
18 de abril del 2018

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