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El papel del extremismo antifujimorista

Columna del director

El papel del extremismo antifujimorista

23 de Junio del 2017

La crisis de gobernabilidad avanza

Una de las preguntas que se formularía cualquier observador extranjero con sentido común sería por qué dos fuerzas de centro derecha, una proempresarial y tecnocrática y otra plebeya y emergente, están sumergidas en una polarización sin cuartel. Una confrontación que avanza pese a la amenaza antisistema que casi gana las elecciones en el 2006, el 2011 y el 2016.

Desde el punto de vista de la racionalidad —con todas sus evidentes limitaciones— no hay argumento válido para justificar el curso acelerado de colisión entre el pepekausismo y el fujimorismo, entre el Ejecutivo y el Legislativo. La derecha tecnocrática debió haberse convertido en el brazo técnico de una derecha enraizada en los sectores populares y que tiene una candidata potente hacia el 2021. Sin embargo está sucediendo la polarización más cruenta de los últimos quince años. Aquí solo hay una explicación.

Finalmente el extremismo antifujimorista —que existe dentro y fuera del Gabinete Zavala— logró convencer a los tecnócratas de que el fujimorismo está embarcado en “una conspiración para vacar a PPK”. Esta tesis delirante tiene su “primer hecho” en la censura al ex ministro de Educación Jaime Saavedra. No obstante, si luego de las elecciones nacionales del 2016 el pepekausismo y el fujimorismo hubiesen arribado a niveles de entendimiento, jamás se habría designado a Saavedra —más allá de sus méritos técnicos— en la mencionada cartera, porque era como designar a la némesis del fujimorismo; era una especie de grito de guerra, a favor de la polarización. En cualquier democracia de mediana salud nunca se habría nombrado a Saavedra, porque nadie provoca a la mayoría legislativa, peor aún cuando existen instituciones como la interpelación y la censura.

A partir de ese hecho, el extremismo fujimorista comenzó a desarrollar una narrativa sobre el “obstruccionismo y la vocación conspirativa” del fujimorismo, que fue asumida por el Gabinete Zavala como tal. Es la única manera de explicar que no se haya producido, por ejemplo, una segunda cumbre entre PPK y Keiko Fujimori, no obstante la solicitud del lado naranja. Es la única explicación también de que el Gabinete Zavala se haya embarcado en una alianza con una coalición mediática absolutamente irresponsable —que promueve el antifujimorismo a todo vapor— en vez de avanzar hacia acuerdos políticos con las fuerzas de oposición, como suele suceder en las democracias.

El extremismo antifujimorista fundamentó de tal manera su tesis conspirativa que en la administración pepekausa se llegó a creer que se podía gobernar sin o en contra de la mayoría legislativa; hasta que, finalmente, el movimiento naranja comenzó a endurecerse. Hoy vemos un fujimorismo con la cara pintada, en actitud de guerra. La narrativa del extremismo antifujimorista evoca en mucho las profecías autocumplidas, en las que el profeta mueve cielo y tierra para hacer realidad sus predicciones.

El extremismo antifujimorista también tiene la misma entraña autoritaria que cualquier proyecto antidemocrático cuando le niega un papel al fujimorismo en la democracia, cuando intenta vetar la existencia de una mayoría legislativa o cuando pretende convertirla en una mayoría decorativa, sin un papel en la gobernabilidad. En la centuria pasada el veto oligárquico contra el aprismo bloqueó a la democracia. Hoy la democracia empieza a bloquearse por el veto de este nuevo extremismo. Ya sabemos entonces en dónde está la amenaza a la democracia.

 

Víctor Andrés Ponce