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El escritor sin historia

Columna del director

El escritor sin historia

22 de Febrero del 2017

La decepción de Mario Vargas Llosa

Después de perder las elecciones de 1990 y luego de la caída del fujimorato por la megacorrupción de los noventa, Mario Vargas Llosa —acompañado de la izquierda y el establishment— ha pretendido escribir la historia de los últimos 25 años. Lo hizo de tal manera que el Perú empezó a joderse en el preciso momento en que los peruanos no eligieron al escritor como presidente del Perú.

De allí que al fujimorato no se le reconoció nada y solo haya sido reducido a corrupción y violación de DD.HH., en tanto que la democracia post noventa es considerada el resumen de todas las virtudes y no solo se la elogia por un largo periodo de estabilidad y libertades, sino que también se sostiene que con ella empezaron el crecimiento, la reducción de pobreza y la expansión de las clases medias. Esta manera de abordar la reflexión sobre la historia de los últimos 25 años ubicaba a Vargas Llosa como una especie de héroe perdido, como un Aquiles que nos pudo haber ahorrado el camino hacia el infierno de los noventa.

Esta voluntad vargallosiana de escribir la historia era demasiado burda, demasiado apasionada; sobre todo considerando que el Nobel de literatura era un ardoroso defensor de las convergencias y los pactos en España y en Chile. Más de una vez Vargas Llosa demostró claras inclinaciones por la derecha española, heredera del franquismo, y la derecha chilena, descendiente del pinochetismo. En el Perú era incapaz de aperturas y perdones porque la herida de la derrota electoral, la voluntad de castigar al “electorado subdesarrollado” que no votó por él, se convirtió en una pasión incontrolable.

Cuando el Nobel reflexionaba sobre Chile y España surgía el ensayo que se codeaba con la filosofía política, pero cuando perpetraba artículos sobre el Perú resucitaba el panfleto y la anti propaganda. El domingo pasado, el escritor publicó el artículo “Las delaciones premiadas” en El País, en el que abordó la megacorrupción de Lava Jato que sacude a América Latina y amenaza con barrer a la clase política post noventa.

De pronto, Mario Vargas Llosa parecía obligado a rendirse ante los fueros de la historia y reconocer que en política no hay ángeles ni demonios. Los políticos que el Nobel auspició y promovió con pasión en el afán de enfrentar “el regreso del infierno fujimorista” estaban enfangados hasta el cuello con la megacorrupción brasileña. La prosa del escritor, siempre firme e intransigente cuando se refería a temas políticos, ahora apenas se mantenía en pie para reconocer la gran decepción que representaba Toledo. Sin embargo, Vargas Llosa no quiso extender sus desasosiegos a Humala ni mencionar el hecho de que él y Toledo fueron los garantes del gobierno nacionalista.

En todo caso, luego de leer el artículo cualquiera podría concluir en que el escritor se ha quedado sin su historia en el Perú, una historia que odiaba y cultiva con pasión al mismo tiempo. Alguien más avezado podría sostener que fue por lana y salió trasquilado: quiso escribir la historia, pero ella se volvió contra él.

Quizá la decepción que trasluce el Nobel representa el fin de una manera de entender las relaciones entre los intelectuales y la política. A veces cuando Vargas Llosa reflexionaba sobre el Perú —pese a todas sus proclamas y artículos libertarios— nos trasladaba a las guerras de religiones o las guerras ideológicas de la Guerra Fría, en las que los adversarios se convertían en enemigos a eliminar. Quizá todo eso ha terminado y está comenzado una etapa de reflexión en la que, sin arriar banderas en las condenas a la corrupción y violación de los DD.HH. en el fujimorato, se deba reconocer que el Perú moderno, la estabilidad democrática y la reducción de pobreza tienen mucho que ver con las reformas económicas y sociales de los noventa.

Por Víctor Andrés Ponce